¡Que viva la maldita música! Rock al Parque 2026: 30 años

Una crónica sobre los sonidos, las contradicciones, las críticas y el amor por un festival que sigue siendo necesario,

pero que no debe estar libre de preguntas.

Rock al Parque de una semana y una ciudad que suena por todas partes

Bogotá tiene una particularidad durante los días de Rock al Parque: parece que la ciudad entera quisiera reclamar un lugar en la banda sonora. Este año, además, la celebración de los treinta años del festival coincidió con una agenda cultural y musical que rompió los límites del Parque Simón Bolívar. SOFA convocaba a sus propios públicos, los conciertos privados seguían disputándose la atención de los melómanos, el viernes con Amorphis en el Auditorio CEG, el sábado, Roy Khan (ex Kamelot) en el Ace of Spades y el domingo, Iron Maiden ofrecían otra cita para los amantes del metal. El festival público más grande de latinoamérica compartía el calendario con una ciudad que, sobre todo desde el fin de la pandemia, la que ya nadie quiere recordar, se ha acostumbrado a recibir propuestas internacionales cada semana y a construir sus propios circuitos musicales.

Es una señal de la vitalidad de una ciudad que escucha, busca, descubre y se desplaza para encontrarse con la música. Sin embargo, también obliga a preguntarse qué lugar ocupa hoy Rock al Parque en ese ecosistema y qué puede ofrecer que no ofrezcan los conciertos privados: no solamente acceso gratuito a determinados artistas, sino lo que debería ser de nuevo una plataforma de circulación para las agrupaciones nacionales, un espacio de descubrimiento y una política cultural que permita que la música no dependa exclusivamente de la capacidad individual, pudiendo fomentar y potenciar el rock colombiano con la mayor plataforma del país.

Comenzando con este cubrimiento, y hablaré a nombre propio, el trabajo fue de la semana entera y no solo de los tres días del festival. Este año la agenda cultural de Rock al Parque, la que siempre se descuida, inició el día martes 6, donde IDARTES promovió conversaciones sobre memoria, género, fotografía, documentales, derechos de autor y las relaciones entre los festivales y sus territorios. También, el primer Foro de Periodismo de Rock al Parque, tuvo encuentros valiosos, aunque su difusión y la publicación de los horarios apenas el mismo día jueves 8 de octubre, dejaron a muchos interesados por fuera, con poco margen para que el público y sobre todo los periodistas y medios independientes pudieran organizar su asistencia. En estos espacios se discutieron asuntos fundamentales; pero en muchos las conversaciones parecían quedarse en anécdotas o reflexiones generales que no alcanzaban a desarrollar el potencial de los temas.

Una de las sesiones más interesantes fue la clase magistral de Albina Cabrera, Cómo construir una memoria del rock latinoamericano. Su perspectiva permitió pensar en las formas en que se escribe la historia musical, en quién tiene autoridad para narrarla y en las voces que suelen quedar por fuera de los relatos más difundidos. La memoria del rock no puede construirse solamente con nombres reconocidos, fotografías emblemáticas y aniversarios, también requiere investigación, escucha, búsqueda de archivo no oficial y una revisión crítica de las categorías con las que se ha contado esa historia, como el mismo Rock al Parque, cuya organización está empeñada en abarcarlo todo con la idea de que son la “ciudad rock”. Se debe considerar que el discurso totalizante que se ha ido estableciendo alrededor del festival, también configura un centro de poder que monopoliza “la verdad histórica” y la mirada sobre el movimiento musical del rock y el metal en Bogotá. 

Algo parecido ocurrió con Conexión Sur: circuitos musicales y ecofestivales, una conversación que puso sobre la mesa las relaciones entre festivales, territorios, ecología y política. Allí aparecieron preguntas pertinentes sobre la sostenibilidad de los eventos, las condiciones de las escenas musicales y los riesgos que enfrentan las iniciativas culturales en una latinoamérica que giró a la derecha más conservadora. Para quienes pensamos el rock latinoamericano desde sus propias historias y contextos, estas conversaciones importan porque ayudan a cuestionar las narrativas que convierten a las escenas del sur global en simples receptoras de modelos elaborados en otros lugares y nos invitan a apropiarnos y entender los espacios y las gestiones culturales, como puntos de resistencia. 

En un resumen rápido de la experiencia y de las charlas menos aprovechadas, la de fotografía de artistas y festivales, que pudo haber ido más allá de las experiencias personales de los panelistas, talentosos sin duda,  para abordar métodos, archivos y formas de documentar la música. En el encuentro sobre videos, documentales y videoclips, las reflexiones del español Paco Fernández sobre el documental ofrecieron herramientas más cercanas a esa discusión. El foro de periodismo tenía, en suma, posibilidades importantes, pero me dejó insatisfecho en que, pueden llenar una programación académica con muchos nombres relevantes, o no tanto, pero esto no se completa con reunir invitados: necesita planeación, circulación oportuna y condiciones para que el público pueda participar, pues por ejemplo al final de las charlas la interacción se limitó a una o cero preguntas. Fatal si se tiene en cuenta a quién está dirigido el espacio.

El viernes 9 de octubre en la tarde, se abrió la exposición audio – visual, El gran humedal, del Colectivo Relámpago, con curaduría de Umberto Pérez y Luis Daniel Vega, quienes pretendían, según sus propias palabras, acercarse de forma alternativa y no lineal la historia de Rock al Parque. Su relación con la memoria musical de Bogotá está patente en el libro lanzado el año anterior, llamado Una idea descabellada. Recoge  archivos, fotografías, documentos y recuerdos de personas que han trabajado durante décadas para esa historia. De nuevo fue una apertura que no contó con información previa para el público. Aquí la crítica no es a la existencia de la exposición, sino a la visibilidad y oportunidad con que se anuncian estas iniciativas.

Ya todos los lectores deben estar al tanto del debate sobre la escultura, La Rockera, que terminó por añadir otra pregunta: ¿quién tiene la autoridad para representar simbólicamente a una comunidad? La discusión no debería agotarse en determinar si la obra es bella, fea, minimalista o desafortunada. El asunto es también institucional. Aunque se trate de una donación, alguien debe autorizarla, validarla y decidir que esa obra representa al festival. ¿Por qué ese artista y no otro? ¿Hubo convocatoria, consulta o criterios públicos de selección? ¿Qué relación tiene el creador con la historia del rock bogotano o nacional y con la comunidad a la que pretende representar?, los comentarios en redes por parte justamente de la comunidad rockera de la ciudad no han sido halagadores, el apodo de la escultura surgió con rapidez, La Ciega, Sordo Muda, como la canción de Shakira, sumándose incluso a ideas de conspiración sobre lo que le importa, entiende y pretende el gobierno local acerca del festival para el futuro. 

En un momento en que las instituciones culturales hablan de territorio, identidad, reconocimiento y decolonialidad, estas preguntas no son accesorias. Existen artistas plásticos que llevan años trabajando con el rock, sus códigos, sus símbolos, sus estéticas y sus comunidades. Una representación institucional debería poder explicar cómo reconoce esas trayectorias y qué lugar concede a las personas que viven la cultura que se pretende representar. La idea de extractivismo cultural puede ser útil para analizar estos procesos cuando una comunidad es interpretada desde afuera, sin participación ni diálogo; pero para sostener esa crítica hay que examinar los procedimientos concretos, y por supuesto no limitarse a descalificar al artista, pero si cuestionando su papel.

Foto, Alcaldía Mayor

Para mí la pregunta central de este festival, surgió de la experiencia de cubrimientos previos, pero se fortaleció con conversaciones que paradójicamente se dieron dentro de la programación cultural de Rock al Parque 2026 ¿quién decide qué representa al rock bogotano y cómo participa la comunidad en esa decisión?

Lo importante, esa maldita música, el Rock.

El sábado 10 de octubre llegué al Simón Bolívar con una selección previa de bandas que quería cubrir, algunas por su trayectoria y otras por lo que podían aportar a una jornada dedicada, en buena medida, al rock duro y al metal en sus distintas vertientes. Cuatro escenarios significan más posibilidades, para el público, para las bandas, lo cual siempre es bueno, y para los números del festival, sin duda, pero también más decisiones. No se puede ver todo lo que quería y disfrute con algo que no tenía en lista, y fingir lo contrario sería desconocer cómo se vive realmente un festival de estas dimensiones.

Este año mi cobertura fue independiente y sin acreditación. Eso limitó las condiciones de trabajo y me obligó a resolver la jornada con un celular y sin equipo fotográfico profesional. No es una tragedia ni debe convertirse en el centro de la crónica, pero sí hace parte de las condiciones materiales desde las que documentamos la música. Mientras las bandas se suceden en escenarios distintos, quienes cubrimos el festival debemos elegir entre permanecer en una tarima, desplazarnos a otra o aceptar que algunas presentaciones quedarán fuera del registro, incluso las que uno más espera.

La tarde comenzó con Solegnium, una agrupación bogotana que celebraba veinte años de trayectoria. Los problemas de sonido no impidieron reconocer el valor de abrir una jornada de esta tamaño, aunque sí recordaron que el trabajo técnico es parte de la experiencia musical y no un detalle que pueda dejarse en segundo plano, nunca me cansaré de señalar que es el trato que le dan alas bandas nacionales y de apertura cada oportunidad, después de 30 años. La presencia de bandas con recorrido local importa: Rock al Parque también debe ser un lugar donde la historia de las escenas que lo han sostenido encuentre espacio digno.

Los tradicionales y reactivados Darkness tuvieron el papel de abrir la cuarta tarima, BBC, por primera vez y recordándonos la importancia de las agrupaciones que han sostenido la historia del metal colombiano. Su presentación fue una descarga de metal que reafirmó la vigencia de una banda ligada a la memoria de nuestra escena. Marcaba el retorno del guitarrista y vocalista Rodrigo Vargas, quien justamente se había despedido de la banda en el Rock al Parque de 2017, donde se habia puesto fin a la misma. Además la banda cuenta con la guitarra de Patrico Stiglich, de PSP y Valore, esta última que también se presentaría posteriormente en la tarima Bio. 

Poco después, No Dependiente llevó al escenario Eco su hardcore de raíz neoyorquina. La banda, con veinticinco años de trayectoria, mostró una puesta en escena enérgica, una guitarra que sobresalía por su trabajo y músicos que entendían cómo conducir al público. No necesitó convocar una multitud para justificar su lugar. Había una audiencia atenta, comprometida y dispuesta a responder a la música. En una jornada donde los grandes nombres internacionales atraían parte de las miradas, actuaciones como esta recordaban que la intensidad de un concierto no se mide solamente por la cantidad de personas frente a la tarima.

Maskhera, la agrupación de origen venezolano que ha construido parte de su historia en la escena colombiana, viviendo ese transhumanismo que como fenómeno social ha marcado mucho nuestro rock y metal latino, llegó con un sonido que combina thrash, death y groove metal, pero que ha ido encontrando una personalidad propia, más allá de la suma de esas influencias. Su presentación fue frontal, pesada y segura. Más que enumerar subgéneros, la banda mostró el resultado de años de trabajo y adaptación a un circuito que no siempre ofrece condiciones fáciles para las agrupaciones independientes. Y con ella complete el recorrido por los cuatro actos de apertura del festival en esta edición de los 30 años. 

En el escenario Bio, Ataque de Pánico puso a funcionar el groove metal con elementos de thrash y death. El humor de sus letras y en su presentación no ocultó el trabajo musical: había técnica, coordinación y una capacidad clara para involucrar al público. Johanna Sevillano encabezó una agrupación de músicos jóvenes que no necesitó ser presentada como una curiosidad por la presencia de las mujeres al frente. La banda estaba allí para tocar, y lo hizo con una energía que provocó pogos y mantuvo a la audiencia conectada. Conviene insistir en ello: el reconocimiento de las mujeres en el metal no debería convertirlas en una categoría aparte, sino permitir que se valore su trabajo musical con la misma seriedad que el de cualquier otra agrupación. Se debe superar el cliché periodístico y slogan que habla más de intereses particulares de reconocimiento que ya deben ser superados, si justamente lo que se quiere es visualizar con enfoque de género, ¿de verdad siguen haciendo notas y reels sobre la mujeres en el rock, como si fuera una curiosidad?.

También me cautivo, Real House of Hate, desde Medellín, llevó al escenario BBC una propuesta hardcore de más de dos décadas de recorrido. Los dos vocalistas, los quiebres rítmicos y los cruces entre metal y hip-hop encontraron una respuesta visceral, enérgica y con un público que se entregó totalmente en cuerpo. El pogo, los cuerpos en movimiento y la participación de quienes estaban cerca del escenario hicieron de su presentación una de las más vivas de la jornada. Demostraron que las escenas no se sostienen únicamente por los discos o las publicaciones, sino por la relación que las bandas construyen con quienes las siguen.

Syracusae, ya con un reconocimiento nacional, mostró una vertiente más cercana al metalcore, el djent y el metal progresivo. La puesta visual, las imágenes cósmicas y el trabajo instrumental conectaron con una audiencia joven que respondió con pogos y atención. Nadie puede negar sus numerosos logros en los últimos años que les han permitido construir una propuesta escénica profesional y ganar espacios importantes fuera del país.

A las 3:50 de la tarde, el escenario Plaza recibió a Vein, una agrupación bogotana que regresaba por segunda vez a Rock al Parque con una propuesta que va más allá de la música. Su death-groove metal convive con un universo visual propio, en el que el cómic, los personajes y la pintura en vivo hacen parte de una misma experiencia. La banda, integrada por músicos experimentados de la escena nacional, encontró una Plaza que ya estaba ocupada en más de tres cuartas partes de su capacidad. Tuve que verla desde cierta distancia, pero incluso desde allí era posible percibir la dimensión de su puesta en escena. Mientras los riffs sostenían la descarga sonora, Iván Chacón, ilustrador de la agrupación, pintaba en vivo, llevando al escenario esa relación entre música e imagen que también se extiende a los cómics asociados al proyecto. La banda no tuvo una presentación libre de dificultades, hubo problemas de sonido, pero sus integrantes no se guardaron nada, tocaron con la entrega de quienes saben lo que significa ganarse un lugar en una escena que exige persistencia, trabajo y una identidad reconocible, y han logrado, sin caer en poses, expandir su trabajo musical y escénico.

Entre los nombres internacionales que más tenía curiosidad por ver, eran Between the Buried and Me, quienes dieron una de las actuaciones que más nos interesaba. Su metal progresivo, atravesado por estructuras complejas, cambios de tiempo y recursos del death técnico y el metalcore ganchero, no es necesariamente una propuesta de reconocimiento masivo en Colombia. Pero precisamente por eso resultaba interesante verla en Rock al Parque: el festival permite que públicos que quizá no comprarían una entrada para un concierto individual se acerquen a músicas que exigen escucha, curiosidad y disposición para salir de lo conocido. 

Después llegó Valore, el proyecto de los hermanos Stiglich, liderado por Ricardo «Ric» Stiglich y con Patricio Stiglich en la guitarra. Su thrash metal, atravesado por elementos del death y una inclinación hacia el virtuosismo shred, remitía a las vertientes más técnicas y experimentales de Megadeth. La banda cuenta con músicos experimentados, una puesta en escena cuidada y visuales potentes de imaginación futurista ciberpunk. Su actuación encontró un público que quizá esperaba con mayor ansiedad otros nombres del cartel, pero logró sostener el interés y prolongar la línea de metal técnico que había abierto Between the Buried and Me. 

En el escenario principal, Burning Witches tuvo un comienzo difícil. Durante los primeros temas, el sonido no ayudó y las canciones iniciales no terminaron de engancharme. También me llamó la atención que, durante los primeros veinte minutos, la banda no utilizara la pasarela, que es innecesariamente distante del público. Hacia la cuarta canción la presentación empezó a despegar. Es una banda que siento, llega al festival por obra y gracia del booking y no por un interés particular del público internacional. Son buenas pero siguen en evolución. 

Para estas alturas, me costó demasiado llegar hasta la distante tarima BBC, era una distancia eterna y con un recorrido oscuro, que me sorprende que no genere un cúmulo de heridos en el parque. Ahí la jornada siguió con Info, una agrupación colombiana de metal industrial al que ellos mismo le denominan “Metal Futuro”. Llevan años trabajando en una propuesta propia y que vienen de representar a Colombia y la región norte de suramérica en el Wacken Metal Batlle, representado en Colombia por Subterránica,  donde lograron un muy distinguido quinto lugar, compitiendo con más de 30 bandas en alemania y tras un proceso de impacto mundial con más de 300 bandas. Su audiencia no era la más numerosa, pero quienes estaban allí conocían la banda y responden a su música que ha suplido y relevado a los recordados, frecuentes y ahora poco productivos, Koyi K Utho, en este subgénero. 

 

Seguramente ahora muy recordados en los grandes actos del festival llegaron ya entrada la noche los Grave, desde Suecia, fue uno de los encuentros más esperados por los seguidores del death metal escandinavo. Su propuesta no necesitó reinventarse para funcionar. El sonido directo, la experiencia de sus músicos y la respuesta atenta de la audiencia hicieron de su presentación un momento importante para quienes siguen esa tradición. No todos los conciertos necesitan convertirse en una exhibición de novedad, escuchar a una banda que ha contribuido a construir un lenguaje y comprobar que todavía puede defenderlo en vivo, con el peso de una leyenda, fue brutal y de lo que valia la pena escuchar. 

Ya a estas alturas acercarse al escenario plaza podía ser una batalla perdida, pero la guerra era ver lo que podía darle valor a la consabida celebración de los 30 años y teniendo en cuenta que Stratovarius, a los que amo desde  que descubrí el power metal en la adolescencia, ya había podido ver en varias ocasiones, me obligue a cumplirle a La Pornomotora, pues justamente es una de las bandas nacionales que menos me habían llamado la atención. Puedo decir que valió la pena, como fan del power esto sonará a herejía, pero como periodista la misión era otra, y esto es lo que diferencia un medió de un fan.  La Porno convocó a un público marcado por la memoria. Su regreso a un escenario del festival conectó con una época del rock colombiano y bogotano que muchos asistentes reconocen como parte de su propia historia, el de finales de los noventa y principios del nuevo siglo, cuando programas como Mucha Música aún apostaban por el rock local. 

Ver que una agrupación con ese recorrido y que conserva la capacidad de convocatoria, habla de la importancia de mantener vivas las trayectorias nacionales, incluso cuando han atravesado largos períodos de inactividad. Me dio pena no saber las canciones, pero lograron, aún a esta edad, convencerme que son otra columna importante del rock distrital. 

Y entonces llegó Triptykon, una de las actuaciones que más esperábamos en Dark Room Network por la trayectoria de Tom G. Warrior desde sus épocas con Hellhammer y Celtic Frost. Para quienes han seguido ese recorrido, la banda no era un nombre más en el cartel. Su presentación fue densa, oscura y cargada de una historia, hacen que  cada nota de guitarra tenga una importancia única y su música de los abismos se imprime en tu mente para muchos días. Las imágenes de H. R. Giger, y su hermosa, clásica e iconoclasta pintura “Satan 1” de la portada del To Mega Therion, estaba proyectada en las pantallas gigantes, reforzando la dimensión visual del concierto y exigiendo algo más que una escucha casual. Allí se encontraron el legado del metal extremo, la memoria de una tradición y una comunidad que como público evidencio que sabía lo que estaba viendo, no se puede decir que fue mágico, tal vez fue emocionantemente hechizante. Mención especial para la bajista Vanja Šlajh, una verdadera diosa en las sombras que golpeó esas cuerdas sin contemplaciones, y con la banda al completo fue mi cierre perfecto del festival este año.

No alcanzamos a cubrirlo todo. Aparte del debut de Narcocracia, bandas como I.R.A. y Kraken son nombres conocidos  y repetidos en el festival. Tampoco pude disfrutar de Perpetual Warfare como tenía programado, espero no perderme el próximo United for Thrash el 24 de octubre donde compartirán con un cartel internacional y local. 

Lo bueno, lo malo, lo mejorable… y los agravios:

Decir que Rock al Parque es importante para Bogotá y para las escenas de rock y metal del país, es obra evidentemente. Su crecimiento demuestra que continúa convocando a públicos diversos de adeptos y curiosos y que mantiene un lugar singular dentro de la oferta cultural de la ciudad. La asistencia reportada por la prensa fue de 191.000 personas el sábado y de más de 200.000 el domingo, cuando también se registraron dificultades relacionadas con el aforo. Las cifras muestran la capacidad de convocatoria, pero ojo, esto no bastan para evaluar por sí solas el éxito de la organización. El Espectador documentó los problemas de aforo y circulación del domingo.

Un festival de estas dimensiones se disfruta precisamente porque no funciona como un concierto de una sola tarima. Se trata de construir un recorrido, decidir qué bandas ver, cuáles descubrir, a cuáles regresar y cuáles dejar para otra ocasión. La ampliación a cuatro escenarios y la oferta de experiencias paralelas enriquecen esa posibilidad. Las zonas comerciales, los espacios de emprendimiento y las áreas de encuentro pueden complementar la música. La comida y las bebidas forman parte de la experiencia, aunque los precios y las condiciones de acceso también determinan cuánto puede permanecer una persona en el parque.

La logística, sin embargo, debe crecer al ritmo de la asistencia. En mi experiencia, como cada año,  hubo zonas con iluminación insuficiente, superficies difíciles de transitar y preocupación por la falta de puntos de hidratación, sin disponibilidad de fuentes de agua, y  bebidas a precios poco razonables. La circulación entre escenarios exigía tiempo y planificación; además, la salida del parque y el transporte al final de la jornada son asuntos que NO deben evaluarse, si no solucionarse, pues no son desconocidos, son 30 años de celebración, pero casi los mismo años, de las mismas fallas. Las quejas que se conocieron después del domingo reforzaron la necesidad de examinar la capacidad de los accesos, los cierres por aforo y la respuesta ante emergencias. Cuando un evento convoca a tantas personas, la seguridad, la hidratación, la iluminación y la movilidad no son complementos: son parte de la organización cultural.

También es necesario discutir el lenguaje institucional. Repetir que son «tres días de sana convivencia» puede parecer inocente, pero invita a preguntarse por qué sigue siendo necesario insistir en ese mensaje cuando el festival lleva tres décadas construyendo una relación con sus públicos. El rockero no debería aparecer de manera automática como alguien que necesita ser disciplinado. Por supuesto, en cualquier evento masivo pueden presentarse situaciones problemáticas, y la convivencia requiere cuidado, que no se dio en las salidas, por ejemplo; pero la experiencia acumulada debería servir para anticiparse a los riesgos y comunicar medidas concretas, no solamente consignas y slogans que fomentan más prejuicios que realidades. 

Otro asunto es la relación entre el festival y la ciudadanía durante el resto del año. La conexión del público empieza con las convocatorias, las eliminatorias, los anuncios y las actividades que construyen expectativa. Cuando la información se publica tarde o las actividades paralelas apenas alcanzan a difundirse, se pierde la oportunidad de fortalecer una comunidad que no existe solamente durante los tres días del evento. Las iniciativas descentralizadas pueden ayudar, pero necesitan continuidad, visibilidad y una relación real con los circuitos locales, Rock al Parque ha sido en gran parte mi escuela como periodista de rock y de eventos, podrían llegar allí también muchos jóvenes que se requieren para continuar estas prácticas culturales ciudadanas. 

En el centro de estas discusiones está el papel de las bandas colombianas. Rock al Parque ha cambiado desde sus primeras ediciones y hoy funciona supuestamente como una” vitrina internacional”. Esa transformación que se dio hace dos décadas, después del plan original de ser una tarima para las agrupaciones locales, pretende que el público descubra artistas de otros países y que las agrupaciones nacionales compartan escenario con músicos de trayectorias diversas. Pero la internacionalización sigue diluyendo la razón de ser de una política cultural pública que incentive el arte y a los creadores nacionales. En qué horarios tocan, qué escenarios ocupan, qué visibilidad reciben antes y qué oportunidades tienen para circular después del festival, debería ser el norte del proceso. 

Han dicho algunos que Rock al Parque no puede ser el manager de las bandas nacionales, y eso es correcto, pero lo de vitrina no puede ser solo una metáfora de un exhibidor de vidrio. La cuestión es si los invitados, bookers y agentes invitados son los correctos por ejemplo para bandas de metal, rock pesado, ska o punk por ejemplo. Es evidente que las conexiones históricas del festival se han fijado en mayoría en rock pop latino y no en otros subgéneros. ¿Han invitado alguna vez a promotoras como Nuclear Blast?, cuando asistieron los representantes del crucero 7000 toneladas, fue productivo, pero parece que no volvieron.

Las dificultades con los récords de asistencia y la seguridad ofrecen un marco para entender que la expansión histórica del evento no puede verse como un éxito solamente por los números desbordados, quizá el futuro del festival no dependa de intentar superar cada año el nombre internacional más costoso, sino de consolidar un lugar que los eventos privados no pueden reemplazar.

La discusión sobre el dinero público exige todavía más rigor. El festival debe existir y financiarse porque la cultura no puede quedar enteramente sometida al mercado. Pero defender ese presupuesto no significa aceptar cualquier decisión administrativa. Una columna de El Espectador sobre el presupuesto y la contratación de artistas cuestionó decisiones de programación, costos y la incorporación tardía de un cuarto escenario. Las2Orillas, por su parte, examinó la relación contractual de Teatro R101 con los Festivales al Parque y reportó observaciones de la Contraloría y esto parte de las denuncias que está realizando la veeduría ciudadana “Ojo al Arte” con un listado de presuntos actos históricos de corrupción https://ojoalarteveeduria.blogspot.com/ .  Son asuntos que merecen respuesta de la organización, de forma transparente y abierta al público y una revisión documental. Las preguntas periodísticas no equivalen por sí mismas a una condena, pero tampoco deberían descartarse porque incomoden a quienes administran el evento y no pueden ser un limitante para que los periodistas teman perder la manilla de entrada al festival. 

En ese contexto, la acreditación de prensa merece una discusión pública. Desde hace años he cubierto Rock al Parque desde distintos medios y desde mi propio proyecto. Este año no obtuve acreditación, igual que otros medios y periodistas que ya han mostrado trabajo serio sobre el festival,   pese a considerar que cumplía sobradamente los requisitos publicados. La respuesta que recibí, al solicitar una explicación o la reconsideración de la decisión,  fue que la solicitud se tramitará como un PQRS, con un plazo de respuesta de 15 días, lo cual teniendo en cuenta que se comunicaron las acreditaciones a pocos días del festival, la respuesta excede las fechas del mismo y llegara muy tarde. Eso no demuestra por sí mismo que hubiera favoritismo ni explica las razones de cada decisión, pero sí deja una pregunta legítima sobre la oportunidad y la transparencia del proceso, hay requisitos sí, pero no se publicó una lista oficial de medios acreditados, ni se reciben los criterios con los cuales se entra o sale de dicha lista. 

Así se ve la zona de prensa en la tarima plaza al iniciar el festival el día sábado. Este año, con una extraña forma de L.

El cuestionamiento no es contra los colegas que sí obtuvieron acreditación, ni contra los youtubers, influencers o nuevos formatos. Todos empezamos alguna vez, y las formas de comunicación cambian. El problema aparece cuando los requisitos publicados parecen aplicarse de manera desigual o cuando no se explica con claridad qué criterios justifican las excepciones. Una página web, una trayectoria editorial, la cobertura continuada y el trabajo de documentación pueden ser criterios razonables si se definen de antemano y se aplican con coherencia. También es posible reconocer otros formatos, siempre que exista una evaluación transparente. Veremos que publican esos medios los próximos días.

El periodismo no se demuestra por estar en una zona de prensa ni por aparecer en la fotografía al lado de una banda internacional. Se demuestra en el trabajo que se hace antes, durante y después: investigar, documentar, contextualizar, contrastar y sostener una relación con la escena musical más allá de los grandes nombres y del propio festival como centro de poder en la escena. El problema no es que existan medios nuevos; es que una acreditación no debería confundirse con un privilegio ni con una recompensa por afinidad, por ser parte del “comité de aplausos”, además, tampoco puede ser por número de seguidores o likes en publicaciones de redes sociales.

Nada de esto borra lo que funciona. El festival sigue permitiendo que miles de personas vean gratuitamente a artistas que quizá no podrían pagar en un concierto privado, o que difícilmente llegarían de gira a Bogotá. Sigue ofreciendo un escenario para agrupaciones locales, permite que distintas generaciones compartan un mismo espacio y conserva una capacidad de encuentro que no puede reducirse a las cifras de asistencia. Su valor está también en los descubrimientos, en las bandas que no conocíamos, en las presentaciones que nos hacen buscar un disco al llegar a casa y en los conciertos que nos recuerdan por qué llevamos tantos años siguiendo esta música.

Por eso, la crítica no puede convertirse en una colección de reproches ni en una competencia por encontrar el defecto más llamativo. Hay que reconocer las buenas decisiones, el trabajo de los músicos, la respuesta del público y las iniciativas que construyen memoria. Pero tampoco basta con celebrar la multitud, las marcas, los récords o las fotografías de las tarimas llenas. Si Rock al Parque es una política cultural de tres décadas, debe aceptar la evaluación pública, escuchar a sus comunidades y explicar cómo toma sus decisiones.

Queremos que el festival continúe. Queremos que los recursos públicos apoyen la música rock, que las bandas colombianas encuentren una vitrina real, que la programación permita descubrir artistas de rock y metal y que la ciudadanía pueda participar en la discusión sobre su futuro. Porque, al final, no se trata de escoger entre querer el festival y criticarlo. Se trata de quererlo lo suficiente como para exigirle que esté a la altura de su historia.

El periodismo del rock bogotano

¡Que viva la música!, sin tilde en la primera palabra, la novela de Andrés Caicedo, no fue solamente una historia de juventud, música y excesos en Cali, fue también una ruptura con las formas dogmáticas y solemnes de entender la literatura, la moral y la vida. Caicedo escribió desde la inconformidad, atravesado por el rock, la salsa, el cine y una sensibilidad que se negaba a pedir permiso. Su vida terminó trágicamente, pero su obra permanece como la huella de un escritor que intentó vivir y escribir bajo sus propias reglas, como lo son las generaciones de rockeros alrededor del mundo. 

Por eso resulta paradójico que, en el año en que se conmemora su legado, las declaraciones del director del Instituto Caro y Cuervo sobre Caicedo hayan abierto una polémica alrededor de la manera de leer y valorar su vida y su obra. Desde mi perspectiva, en esas intervenciones apareció una mirada parroquial, conservadora y moralista que parece juzgar al escritor desde las normas que precisamente su literatura desafiaba. No se trata de impedir la discusión crítica sobre Caicedo, ni de convertirlo en una figura intocable, los rockeros han cuestionado figuras nacionales como Botero, y aquí recuerdo un clásico del under punk que entonaba; “Andrés caicedo no era un mártir suicida, solo le tenia miedo a la vida” https://www.youtube.com/watch?v=8l4Ds6cz5Gk . Se trata de preguntarnos desde dónde se le juzga, qué se entiende de su relación con la cultura popular y qué ocurre cuando una autoridad cultural parece reducir una obra rebelde a un problema moral y totalizante, como suelen hacer los esloganes usadosn Rock al Parque, «Tres días de extrema convivencia», «La fuerza de la diversidad, un solo latir», «Bogotá, mi ciudad, mi casa, es la casa del rock», donde las generalizaciones suelen ser reducciones. 

De ahí nace el título de esta crónica: ¡Que viva la maldita música!. Es un guiño deliberado a Caicedo, pero también una declaración sobre Rock al Parque. Sus críticos, amamos el festival, defendemos su existencia y reconocemos lo que significa para Bogotá y para las escenas de rock y metal del país. Quiero hablar de las bandas, de los encuentros, de los sonidos que nos sacudieron, pero también de las decisiones institucionales que merecen ser examinadas. Porque una cultura que no tolera las preguntas termina convirtiendo sus homenajes en ceremonias vacías y sus festivales en cifras y como vimos, también en riesgos.

Este fin de semana, Daniel Coronell recibió la Medalla de Oro de los Premios Maria Moors Cabot, uno de los reconocimientos históricos más importantes del periodismo en las Américas. Independientemente de lo que usted pueda pensar de él a nivel personal, hay al menos tres cosas que vale la pena aprender de su oficio y que yo mismo he practicado pero que también he leído atentamente en sus columnas.

Primero: si usted quiere investigar, comunicar y ejercer el pensamiento crítico (nada más que pensar por sí mismo), no puede aspirar a tener mil amigos. No puede vivir esperando las palmaditas en la espalda; necesita asumir posiciones no condescendientes, incluso si le niegan la entrada a un concierto o no le regalan un disco. Segundo: escribir y documentar no es hacer parte de un comité de aplausos. Frente a todo poder, toda organización, toda estructura y toda persona que dirige, especialmente en el ámbito público, debe existir un contrapoder. El buen periodismo es eso. Tercero: la labor informativa exige contextualizar y contrastar la información, en lugar de limitarse a difundir datos en bruto o actuar como oficina de relaciones públicas.

Con solo estas tres lecciones, usted ya tiene elementos para evaluar lo que hacen los medios de comunicación en general, y ni se diga los llamados «medios de rock y metal». Básicamente, por eso, aquí realmente escasea periodismo musical de rock, pero sí abundan mil invitados en la zona de prensa más surreal de la historia, otro clásico del Rock al Parque .

 

Por, Luis Alfredo López 

Todas las fotografías son de Luis López, excepto donde se indique lo contrario.

 

 

 

Comparte y vive del lado rock de la vida

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *